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DeJar de sEr PrinCesa paRa sEr Rana..... que ya no quedan príncipes ni castillos ..... 6月28日 Las cosas cambianHe estado paseando por el blog de esa Canija* (la mía) que no se cómo (ni ella tampoco, seguro) va viviendo casi, casi, las mismas cosas que yo. Incluso al mismo tiempo. Allí he encontrado esta canción que ella puso por las mismas razones que ya la pongo aquí:
Caminaba sin dirección
malherida del corazón,
sin ganas de vivir.
Refugiandome en el dolor,
esperando por un amor
que jamás parecía llegar
pasé mil noches entre lágrimas
rogandole al destino
una señal.
Cuanto más busqué
más sufrí,
más luché
más profundo caí
no había nadie allí
consolándome
y cuando al fin de pelear
me cansé
y sola en mi soledad me quedé
el cielo te envió
te encontré.
Eras tú, no cambían dudas
pero después de tanto tiempo a oscuras
me podía equivocar.
Beso a beso me convencisite
en mi alma un jardín hiciste
y floreció por fín el amor
valió la pena tanta espera
que hoy la primavera renace en tí.
Estas aquí
y siento que hoy hay un mañana
de amor.
Porque a ellos les veremos,
y porque espero que nosotras
también, algún día, lo hagamos.
5月9日 La historia de Lisey, Stephen King."¿Cuántos años hacen falta, se preguntará dos noches más tarde, tendida a solas en la cama del motel cutre, escuchando a los perros ladrar a la luna anaranjada de Nashville, para que el estúpido peso del tiempo acabe con la emoción del matrimonio? ¿Cuánta suerte hay que tener para que el amor gane la partida al tiempo?"
... 4月25日 Reto del día del libro. El CuentaCuentos.Había recorrido un largo camino hasta llegar allí, de hecho nunca hubiera imaginado los kilómetros que llegaría a hacer a lo largo de su indefinida vida, y aún hoy le faltan muchos.
Vino al mundo desprovisto de prenda alguna y sin saber hablar ni expresar nada, se compuso pieza a pieza en un largo y laborioso camino fruto del trabajo de numerosas manos, muchas de las cuales ahora no le aprecian en absoluto y ni siquiera se acordarán de él, desde las que talaron el árbol del que saldría hasta las que le pusieron el sello para ser expuesto y vendido. Sí, vendido. Pudo haber acabado siendo mueble, pero fue libro.
Se le pudo ver muchos días en un puesto de la calle Libreros, pero quizá por su discreción –tomo fino de tapas blandas y nada ornamentadas, blanco, sólo amarillento por el paso del tiempo, sin tan sólo una ilustración en alguna de sus páginas. – tardó en ser adquirido la última vez que se puso en venta. Era ya un libro de segunda mano, o de tercera… cuarta. Fue comprado por un capricho, por ser algo distinto, por esa misma discreción que le hacía diferente a los demás, pero no para ser leído. Su comprador lo dejó entre el resto de su colección, la que le llenaba las estanterías del salón haciendo juego con unas cortinas de corte clásico.
Un día la sobrina menor de aquel señor, del coleccionista de libros para decoración, encontró aquel libro. Un libro incoherente para su edad, incomprensible para una mente tan temprana desde la primera página, pero a la niña le llamó la atención y después de husmear sus páginas, su color, su tacto, y hasta su olor, lo guardó a escondidas en un pequeño bolso azul que llevaba siempre consigo. Aquel libro acompañó a la pequeña allá donde fuera durante muchos años. Muchas veces lo usaba, por ejemplo, para fingir que leía revistas del corazón mientras esperaba turno en la peluquería imaginaria a la que “iba” con su prima, cuando jugaban. Otras abría sus páginas de forma curiosa y leía al principio unas palabras sueltas, de páginas sueltas y dispares también, después pequeñas frases, pero pronto se cansaba. No entendía nada, pero seguía llevando el libro consigo.
Un día la niña cerró el libro con nostalgia, despacio y apunto de derramar una lágrima. Fue el día que leyó la última palabra que en él estaba escrita tras haber conseguido hilar la trama. No fue el final de la historia el que la inundó de esa extraña tristeza, fue el darse cuenta de que había acabado, que tras esa página no encontraría ninguna palabra más después de tanto tiempo junto a él. No obstante, también se dio cuenta de todo lo que había aprendido desde que lo tenía. Ella había crecido y el libro con ella también. Después de ese libro, del descubrimiento que la supuso y la puerta que le abrió a la lectura, vinieron otros tantos más.
Quizá ahora no tenga un lugar privilegiado en la biblioteca, tan sólo un lugar más junto al resto de los libros, pero tanto él como sus compañeros han estado en momentos en los que otro nadie no podría ser mejor compañía. Aquel que le llenó de palabras estará orgulloso de él, pero él también lo está, y agradecido.
AnaB.DzSz.
Aplaudid o abuchead.
Más historias de una misma frase y diferentes autores en El CuentaCuentos 4月21日 El CuentaCuentos (21-04)Mucho tiempo sin escribir prosa, sobre todo por aquí,
hoy vuelvo y lo hago con una colaboración especial...
Escribiendo a cuatro manos.
Partiendo de la frase "La última vez que se vieron eran todavía adolescentes",
propuesta en El CuentaCuentos.
La última vez que se vieron eran todavía adolescentes. Apenas habían pasado unos años desde la última vez que habían estado en contacto, pero estar en contacto no es solamente verse, y ellos, además, se habían visto poco. Los sueños de adolescentes, las ilusiones, se van con el tiempo, sobre todo cuando hay batallas de por medio.
Los recuerdos se quedan, permanecen, pero a medida que crecemos los dejamos hundidos, dentro de nuestro ser, como pieles de serpiente que no se desprenden pero quedan enterradas por nuevas y mejores escamas... Lo romántico y platónico de la adolescencia se convierte en pasado en el futuro… pero cuando el azar, si es que es el azar, une a dos personas que están predestinadas, no hay guerra que pueda separarles…
Carla había sido una niña alegre, vestida por su madre con lacitos rosas y calcetines que siempre acababan descolocados y maltrechos, siempre corriendo por la calle. De pequeña parecía que no sabía hacer otra cosa más que correr, fuera para lo que fuera. Era un culo inquieto, que se dice, sin embargo, en el momento en el que estalló la contienda su ánimo cambió, y ahora, una vez acabada la guerra, se le podía ver pasar todas las tardes sentada, sin fuerzas y con gesto triste, en un banco del parque. Recordaba día tras día, noche tras noche, lo que había vivido durante aquellos años que parecían haberla envejecido y secado todas las ilusiones que de pequeña había tenido.
Estuvo ayudando en el hospital de campaña como enfermera, aunque su padre se negó completamente desde un principio. Carla sólo quería ayudar a aquellos jóvenes, moribundos, que entre gritos de dolor llamaban a sus madres, los que eran mayores, casados, llamaban a sus esposas, lejanas, ignorantes de que la parca estaba a punto de quitarles a sus amados de entre sus brazos. El rostro de Carla se tornó blanquecino, enfermizo, apenas comía, apenas dormía, ya no distinguía el día de la noche, sólo corría, yendo y viniendo, en un vano intento por arrebatar de las zarpas de la muerte a todos cuantos pudiera. Sonreía a los heridos como pudiera sonreír una calavera, fría, imperturbable, pero con una diminuta luz de esperanza al ver un atisbo de alegría en las ensangrentadas caras, en los ojos turbios y los rostros desencajados por el dolor; pero esa esperanza se desvanecía poco a poco mientras que la guerra no cesaba, los gritos no callaban, la sangre seguía empapando los suelos de baldosas blancas del hospital y el cuarto jinete se llevaba presuroso a los moribundos. Su ánimo se desvanecía, hasta que un día lo vio.
No serían más de las tres del medio día, los gemidos de los heridos, casi imperceptibles, agotados por el cansancio del paso inútil y monótono de los días, era lo único que rompía el silencio de una sala vacía de posibilidades –en cualquiera de los sentidos– antes de que él empezara a hablar.
– Todos estamos aquí por la misma razón, una inútil y vaga razón, pero una razón al fin y al cabo.
Carla levantó la cabeza, dormitaba sentada cuando escuchó al enfermo que tenía tumbado en la camilla improvisada a su lado. – ¿Cómo?
– Que todos estamos aquí por algo, por lo mismo, aunque no sepamos lo que es ese algo.
–¿Y qué es?
–¿No se lo he dicho?, no lo sé.
Carla se recostó y se acercó al soldado – Están aquí por toda esta maldita guerra… – dijo.
–No me refería al hospital, señorita. Me refería a la vida... a veces el estar en esta vida, pero tan paradójicamente tan cerca de la muerte te hace ver las cosas... de otra manera.
–Ah, ¿sí? – Pregunto escéptica Carla.
– Sí... bueno…, yo ahora mismo tengo la perspectiva de... de un hombre que está tumbado... –El hombre, cubierto de vendaje y sangre, sonrió. Hacía mucho que no veía nacer una sonrisa sincera de uno de sus pacientes, hacía mucho que no veía una sonrisa así de nadie… Entonces, como por contagio, sonrió ella también. Y sonrió ese día y muchos más que los siguieron hablando desde la perspectiva de un hombre tumbado unas veces, otras desde la de uno sentado. Desde la de las personas que eran, los niños que fueron o, incluso, imaginando cómo sería la que tendrían dentro de unos años que no sabrían si llegarían.
En ese tiempo Carla y el soldado se conocieron sin hablar apenas de sus vidas, sin hablar de nada transcendental y haciéndolo al mismo tiempo. No obstante, todo lo malo tiene su fin; la guerra en la que se habían visto inmersos “terminó” y él se fue recuperando. Cuando estuvo en condiciones de realizar un viaje largo lo trasladaron , pero lo hicieron un día y a una hora en la que Carla ni siquiera estaba en el hospital de campaña. No pudieron despedirse.
Carla se levantó del banco, y fue adentrándose en el único lugar donde siempre podía ir a despedirse de aquel hombre que le había hecho sonreír. A medida que avanzaba por el camino de cipreses su semblante, triste, cambiaba. Depositó suavemente las flores llenas de vitalidad, resplandecientes, pero seccionadas y arrancadas de la tierra, condenadas, pues, a perecer en el frío mármol junto a las otras rosas, que yacían ya marchitas, secas pero aún hermosas.
Carla se dio cuenta de que no había sido el destino quien junto sus vidas, ni el azar. La única fuerza que junta a dos espíritus hechos el uno para el otro es la muerte.
Darío y Ana.
Aplaudid o abuchead.
Más historias de una misma frase y diferentes autores en El CuentaCuentos 3月14日 TorpeTorpe,
con todas y cada una
de las letras,
en mayúsculas: TORPE;
No atino a hacer
otra cosa
más que pensar EN TI
(al menos también
en mayúsculas)
AnaB.DzSz. 2月25日 Dormida o despierta,con el paso de los años las cosas van siendo como sueño,
no como soñé.
Beleita 2月20日 CorazónY tú qué dices corazón,
que te calles, que te calles, que te calles... Carlos Chaouen, Corazón 12月12日 Aunque ni si quiera existasA menudo se entretiene,
casi siempre llega tarde.
Nunca para en ningun sitio
y aparece en cualquier parte.
Va llenando su maleta
con las cosas que le valen,
las que nunca nadie quiere,
las que son para encontrarte.
ya no me parece el mismo
y es que ese corazón se pierde [...]
Maldita Nerea
12月1日 Diseño11月5日 Secuelas. El CuentaCuentos.No es imprescindible, pero mejor si se ha leído antes "Lo llevaba en la sangre" (Entrada inmediata anterior)
Una mancha de vino en el mantel –y todo el mundo sabe lo difícil que es sacar una mancha de vino–, entre otras cosas, le ayuda a no olvidar la noche en que se derramó. Podría haberse deshecho de él, porque así no la iba a utilizar en ninguna otra ocasión, y porque aunque lo guarde como “recuerdo”, para que negarlo: es muy difícil que se olvide de aquello. De que llegó tarde después de toda una tarde preparando la cena, de las sonrisas, de su mentira. De la de los dos. De la de que todo seguiría siendo igual... A veces las promesas duran únicamente el tiempo que ocupan mientras se están diciendo; demasiadas veces.
Se habían agotado los detalles, las miradas cómplices, esas que les comunicaban sin pronunciar palabra; se les habían desviado del camino predeciblemente marcado. Y es que un siempre, igual que un nunca, no dura toda la vida. Simplemente había llegado tarde, pero demasiadas veces llegaba tarde, y ese fue el problema. Ese y que sólo se comunicaban con miradas, algo que puede sonar muy romántico, incluso hasta poético, pero que no es suficiente.
Durante la cena se sucedieron conversaciones, sí, y miradas de esas suyas, pero también un bombardeo incontrolable de imágenes y pensamientos en la cabeza de Laura –de cuya naturaleza no procede hablar ahora–. Parecía sacada de la habitación, exenta de todo aquello, como si el contexto que la rodeara tuviera un televisor que se olvidó apagar, al que no se le presta atención pero está ahí, de fondo, dotando de ambiente. Andrés sí hablaba, le contaba como de costumbre su día fuera de casa, la reunión con la profesora de los niños o lo dramático o anecdótico de la noticia del día. Mientras, entre frase y frase de él, al principio o al final, flashes del accidental asesinato que cometió hace ya tiempo le venían a la mente. Fue en una cama. Ya casi no follamos. Era casi un desconocido. ¿Acaso conozco al hombre que me está hablando? Laura procuraba concentrarse, pero no podía, le apetecía más volver a recrear en su mente lo sucedido aquella vez que escuchar como una panda de abogados se había enfrentado al camarero de la cafetería por… no atendió al porqué.
Laura se levantó de la mesa y fue directa a su marido, acallando su “aburrida” conversación con un beso que lo dejó sorprendido, paralizado. Lo llevaba pensando un rato ¿Y si lo beso? No, no es el momento. Pero, ¿quién dice cuándo es el momento? Le apetecía, y comprendió que si no lo hacía aquella monotonía les llevaría muy lejos de sus intenciones primeras, las que sellaron en el juzgado ante los testigos, de su matrimonio.
– ¡¿Qué haces?! – Besarte, ¿no puedo? – …
Al sentarse sobre él Laura se enganchó con el mantel y tiró todo al suelo. No importó. Se estaban redescubriendo, o al menos Andrés a Laura, que no conocía esa faceta suya. En realidad nadie conocía esa faceta de Laura, nadie vivo; tan sólo una persona hasta el momento la había conocido de forma tan pasional.
Andrés la alzó sobre la mesa, ella bajó la mirada al tiempo que entreabría las piernas, ceñidas en unas botas blancas casi hasta las rodillas. Le devolvió la mirada, aquello era un juego de dos, y deslizó las manos bajo la falda, por los muslos y hasta las caderas, donde se detuvo para palpar lo que tantos años había tenido junto a él y no había apreciado como debiera. Laura se reclinó provocando esa curva de la espalda que delata a una mujer excitada. Andrés entrelazo los dedos de las manos con las tiras de las bragas de su mujer. Las sintió finas y delicadas, y se las fue quitando poco a poco, como si se fueran a romper, describiendo a la vez cada cambio de dirección de sus curvas. Las rodillas, y una pausa; Laura hizo un ademán de juntarlas, pero duró el mismo tiempo que su cuerpo en darse cuenta de lo que no pasaría si lo hacía. Segundos, milésimas.
Al poco tiempo de comenzar a degustarla, a describirla, a recorrerla e inundarla, Laura se aferró a la mesa como si el mundo se le fuera a caer encima, o ella encima del mundo, clavando las uñas en la blanda madera y marcándola para la posterioridad. Para hacerles imaginar a sus hijos, cuando se escondieran a jugar bajo ella, que algún dragón o monstruo había estado por allí inspeccionando. Ambos tenían la respiración y el pulso tan acelerados que apenas se dieron cuenta del volumen que adquirió su gemido, el mismo que surgió al clavar las uñas en la mesa. Entonces perdió esa magnífica curva y se incorporó para felicitarle, o más bien agradecerle, con una pequeña sonrisa aquello a Andrés. Quería devorarlo. Devorarlo como aquella noche había devorado a Juan. La noche en la que, sin querer, lo mató.
Se reclinó sobre él y le beso, dulcemente, los labios, un beso, ninguno más, haciéndole girar poco a poco el cuello con las manos, mientras el ocupaba las suyas en otro lugar, para recrearse en él; en los centímetros que le distaban del cuello de la camisa al lóbulo de la oreja, en cada milímetro de esta, en sus recovecos. Y recorrerlos como sólo ella sabía: a contratiempos, ahora veloces, ahora lentos; con la lengua, con los labios, con los dedos,… con los dientes. Y morderlo. Entonces Laura se percató de que el sabor de Andrés había cambiado; se sobresaltó, no quería hacerlo otra vez. Había dejado de saberle a pasión, a juego, para saberle a sangre. Se le encogió el corazón y las manos le temblaron haciendo caer una de las copas sobre el mantel. Abrió los ojos y se vio allí, de nuevo, con Andrés dejándole de hablar del dichoso camarero para calmarla por su agitamiento.
– Si es por el mantel, no te preocupes, cariño. ¿Estás bien? – Sí…
Pero ni siquiera sabía si era cierto. Estaba aún anonadada, pensando cómo le podía haber gustado, le gustaba, el sabor a sangre del sueño…
AnaB DzSz
Aplaudid o abuchead. Lo llevaba en la sangre. El CuentaCuentos.En su día colgé esta historia, pero ahora no la encuentro.
“Matar formaba parte de la naturaleza de Laura” Y, aún así, todavía no lo había hecho: matar a nadie.
Laura recreaba en su mente las historias sádicas que leía, los asesinatos que se sucedían día a día en los telediarios y los que, particularmente, se imaginaba llevados a cabo con sus propias manos. Pero no. Ella se resistía, quería esforzarse, engañándose a si misma, pensando que solo era un juego de su cerebro, un entretenimiento, al igual que las ideas de los optimistas o de los pesimistas, algo radical que solo pasaba por su mente, pero nada más.
Laura vivía sola en un pequeño apartamento. Y he dicho vivía, porque dormir nunca dormía sola. Fuera quién fuera, lo encontrara dónde lo encontrara siempre lo llevaba a su cama. Era su manera de liberar la tensión, de olvidarse del mundo y de pensar solo en ella. A esa hora, a la de follar, no le importaba nadie ni nada. Alto, bajo, gordo... daba igual, a la mañana siguiente ya se habría ido de su casa, de eso bien se ocupaba ella. El polvo de antes de dormir y el de por la mañana, que era el que más le gustaba. Pero este último pronto, que darse una ducha estando ya sola era un ritual, sentarse en la cama con el pelo mojado y tumbarse hacía atrás, mirando al techo. Le encantaban sus espejos del techo. Luego se ponía su traje y se iba a trabajar.
Interrumpimos la emisión de este programa para informarles de la desaparición de José Abascal Gutiérrez, de treinta y dos años de edad, en la población de Montilla. Si alguien sabe algo de él llame al número de teléfono que les ofrecemos en pantalla.
José Abascal era amigo, amigo con derecho a roce, de Laura. Compartieron vinos, sobremesas, postres y camas. Siempre con un hola, muchos besos –o lametazos– y pocas palabras. La cena en el restaurante ya no era necesaria. Ni los halagos, ni las excusas. Una llamada de teléfono, una respuesta de conformidad y el timbre de la puerta sonaba. No hacía falta más.
Noticias de última hora apuntan hacía la muerte del desaparecido. Su coche ha sido hallado a escasos kilómetros de la casa que compartía con su compañera sentimental, con los asientos manchados de sangre.
Ya no tenía a Abascal, pero daba igual. Llamaba a cualquier otro y listo. ¿A quién llamar esa mañana? La hora de la comida, el telediario dando más información sobre la muerte y Laura pensando a quién coño podía llamar ese día. Porque ese día había quedado con José.
Hace escasos minutos ha sido encontrado el cadáver cerca del domicilio familiar procediendo a la detención de María Ruiz, su esposa, como presunta culpable del homicidio.
Juan; Podía quedar con Juan. Ahí estaba... recogiendo los papeles de la oficina. Seguro que no tenía nada mejor que hacer esa tarde, y encima estaba bastante bueno. Eso de haber empezado a ir al gimnasio le había sentado bien. Si, Juan. No le hizo falta hablar, Laura hablaba con las miradas, y sabía hacerlo muy bien. Caminaron juntos hacía su casa, ni un roce, ni una caricia, ni un beso hasta llegar al ascensor.
La mujer de José Abascal ha confesado ser la autora del asesinato de su marido. Los hechos fueron llevados a cabo en el dormitorio de la pareja mientras él dormía.
En el ascensor las manos, y no solo las lenguas, se sumergieron en lugares aparentemente prohibidos por los trajes de oficina. Los dedos clavados en las paredes y una falda que subía. Séptimo piso y parada. Vuelta a la compostura, desarrugar las ropas y salir de ese cubículo. Saludo a la vecina, y Laura introduciendo la llave en la cerradura sin dejar de pensar en otra clase de penetración, en las que había tenido hasta entonces con José.
María no ha querido hacer más declaraciones por lo que se desconocen los motivos que la llevaron ha matar a su marido.
Las manos de Juan tocándola entera, los pechos, las piernas, el vientre. Deshaciéndose de sus ropas, rompiéndole las medias. Laura mordiéndole literalmente el cuello, bebiendo de su esencia, respirando el mismo perfume... que usaba José. Recorrieron sin despegarse y como animales la entrada, el pasillo y el salón. Juan la subió en lo alto de una butaca y bebió de ella lo que en años no había bebido. Y en la cabeza de Laura, José. José desnudo durmiendo, José desnudo asfixiado, José desnudo ensangrentado. José comiéndola entera. ¿Por qué no fui yo?
– ¡Debí haber sido yo! – Se le escapó de la boca mientras uno de los mejores orgasmos la recorría entera. Juan no dijo nada, solo sonrió –pobre iluso–.
Las miradas se volvieron más felinas si cabe, agresivas. Laura descendió de las alturas, terminó de deshacerse del sujetador y lo condujo de la mano, como si fuera una presa, hasta la habitación. Y allí él se dejo hacer. Y ella pensaba en cómo pudo haberlo hecho, en cómo lo habría matado, ¿Con las manos? Sus manos rasgaron los calzoncillos para abrirse paso. ¿Con un arma? Estaba deseosa por probar lo que Juan le cedía, su lengua nerviosa no le cogía ya en la boca. Y lo recorrió entero, casi con violencia. Subiendo y bajando, amasándolo con los dedos, estrujándole y probando el resultado con los labios. Sabor amargo pero dulce. Juan la miraba en el techo, la observaba más pasional que de costumbre, y le encantaba.
–Sube. – Y Laura subió y se sentó sobre él. En él, dentro de él. ¿Estaría así José antes de morir? Pensar en aquello la excitaba más aún. Esta vez no se balanceó, como de costumbre, lentamente en un ir y venir, en un disfrutar de sus movimientos, en un sigilo de sus caderas. Esta vez no. Esta vez lo miraba directamente a los ojos, y él a ella. Hasta que los cerró y empezó a confundir en sus oídos los gemidos de placer de él con los del dolor. Y no paró, y siguió más y mejor. Más aprisa, más veloz, más devoradora.
De golpe el silencio se hizo eco en la habitación, pero Laura no se percató de ello. Siguió cabalgando hasta que sus músculos se contrajeron, hasta que dejaron de obedecerla y se agitaron en menos de un segundo del placer más intenso que había conocido. Su cuerpo se tensó y se encorvó hacía atrás. Cuando descansó su respiración y abrió los ojos se observó en el espejo, se miró a la cara y sonrió. Luego se fijo en sus manos sobre la almohada..., y en la almohada sobre el rostro de Juan. Bajó la cabeza incrédula y miró la escena. Sorprendida por lo que había hecho, por no haberse dado cuenta, pero no asustada, permaneció allí, así, durante casi una hora.
AnaB.DzSz 10月22日 Al 100%. El CuentaCuentos.Partiendo de la frase:
no... esta semana no hay frase, esta semana
El CuentaCuentos celebra su frase nº100
y lo hacemos , paradójicamente, libres de lo
que hace que ElCuentaCuentos sea lo que es.
Apareció en el lujoso salón envuelta en un vestido de raso; le caía desde los hombros, ciñéndose a su cintura celosamente, dejando al descubierto tan sólo sus tobillos. El resto no hacía falta, su caminar hacía que se le adivinase; poca diferencia había entre lo que la imaginación de quienes la vieron creaba y lo que existía de verás.
Y, ahora, ahora es cuando todo se les desmantela y yo les descubro que no, que no era un lujoso salón, ni tan siquiera un atisbo de que lo hubiera sido algún vez. Era la entrada al comedor, el pasillo de una casa humilde que podría haber sido la suya, pero no lo era. Y tampoco era un vestido de raso. ¿O sí? Puede que sí, pero mucho me temo que no tal como lo han imaginado, y mucho menos a ella.
Laura era una mujer más bien rechoncha. De caderas anchas, bueno… de todo ancho, y poca estatura. Laura tenía el pelo de un rubio que no era ni mucho menos natural, pero tampoco de bote. Era un pelo estropeado por el sol y el mar. Le gustaba bajar a la playa siempre que podía, y podía casi siempre, pero no cuidarse.
Esa noche los rizos le brillaban. Parecían procedentes de un baño en oro, y no de horas perdidas en una playa solitaria. Vacía. Esa noche sus rizos jugaban entre sí, como ella había decidido jugar con la vida desde esa misma mañana. Fue un día de esos que algunas personas tienen muy a menudo y otras en rara ocasión –no suele existir término medio, tampoco extremos–. Un día de esos en los que uno se siente la persona más maravillosa del la faz de la tierra, capaz de arrasar con todo, de vencer al más poderoso y alzar al más vulnerable. De esos en los que no cuesta salir a la calle con la cabeza bien alta. De esos en los que podemos sentirnos guapos de verdad y, lo mejor de todo, desprenderlo.
“Sé que soy mucho más guapo cuando no me siento feo”, dice la canción que no me atrevo a desmentir. Yo hoy me siento guapa, Laura se lo sintió ese día. Decidió al despertar esa mañana, sin que nadie lo esperase, ser la persona más importante de su vida, dejándola de compartir tan sólo con el mar para ofrecerle una sonrisa al mundo entero. Y lo consiguió, porque sólo basta proponérselo.
No había un salón lujoso, ni tenía un vestido precioso o un cuerpo despampanante, cierto. Pero se tenía a ella, y lo redescubrió. Dueña de sí misma apagó las risas que se le conferían para encender la idea de que existía, en ese mismo salón en el que un día la perdió. Con las mismas personas que le ayudaron a perderla, y, la más importante de todas: ella.
Detrás de Laura puede que haya una gran historia, o no. Quizá un día la cuente; de momento el secreto se lo queda el mar que la arropaba y el sol que la acompañaban día tras día, las noches bañadas en lágrimas y el salón de sus tías. Vuestra imaginación puede hacer con todo ello lo que quiera, pero tened en cuenta que Laura ahora es Laura, y seguramente quiera que su historia se empiece a contar desde esa noche, anoche, en aquel lujoso salón.
AnaB.DzSz
Más historias de diferentes autores en El CuentaCuentos.
9月24日 Así andamos...El hombre es la criatura que Dios hizo al final de una semana de trabajo, cuando ya estaba cansado.
Mark Twain 9月19日 ExcepcionesLas excepciones no existen;
son no querer atribuir a alguien lo que atribuyes a los demás.
Beleita 9月18日 Cita, o descita."Lamenta que fue él quien la besó... y no ella a él.
Hay cosa que o son de dos o no son de nadie,
y no le gusta esta última parte."
mitad - insatisfacción - ganas - pronto - error - ansia - incompleto - incompleta - vacio - lleno - apropiación - anhelo - compañía - distancia - recuerdos - olvidos - obligaciones - tú - nadie - tres - ninguno - cinco - dos - sóla - sola - odio - ganas - deseo - rebobinar - play - borrar - control+z - control+z - control+z........ o replay. mitad - insatisfacción - ganas - pronto - error - ansia - incompleto - incompleta - vacio - lleno - apropiación - anhelo - compañía - distancia - recuerdos - olvidos - obligaciones - tú - nadie - tres - ninguno - cinco - dos - sóla - sola - odio - ganas - deseo - rebobinar - play - borrar - control+z - control+z - control+z........ o replay.
Beleita Baile de ilusionesYo estaba listo para todos tus mordiscos
y preparado para todos tus pecados yo tenía el corazón adormecido tu casi siempre el paladar anestesiado. Y en el momento en que dejaste tu trabajo te cotizaste de cintura para abajo yo tenía la Visa que provoca tu sonrisa pero la vida no es un plástico dorado. Y el que tenga un amor que lo cuide y que mantenga la ilusión por que la vida es un baile de ilusiones y el que no baila está muerto. Y el que tenga un amor que lo cuide y que mantenga la ilusión por que la vida es un sueño y los sueños sueños son. Y a mis espaldas mis amigos se reían y apostaban hasta cuanto duraría yo sabía que la envidia no es buena consejera y que el amor se ve distinto desde afuera. Que en el fondo me quería y me adoraba y por eso yo al final la perdonaba cuando desaparecía sin decir nada y aparecía al otro día totalmente colocada. Ariel Rot y Fito&Fitipaldis, Baile de ilusiones.
¿Y quién no lo tenga?
PD. De ilusiones se vive, pero también se muere...
8月19日 Dos palabras. El CuentaCuentos.Partiendo de la frases:
“Todo el mundo va a su bola, menos yo que voy a la mía"
propuesta en El CuentaCuentos.
Esta semana retomo el escribir, en gran parte gracias a Ninive.
Esta semana firmamos juntos nuestra historia, porque es hija de los dos.
No se me da muy bien eso de decicar cosas, pero esta va por ti,
porque ha sido encantador escribir contigo, Carlos.
- Todo el mundo va a su bola, menos yo que voy a la mía, y, la verdad, no sé si me va mejor o peor, pero, ¿sabes? Sí soy más feliz.
-Si eres más feliz yo también lo seré, tal vez por eso es que vamos a nuestra bola. La felicidad no va en grupo.
- Con eso te contradices, ¿no crees?, si eres más feliz porque yo lo soy... eso es ir en grupo, de alguna manera.
- Sí, o no. Según se mire. En realidad tampoco me apetece empezar a filosofar, de hecho ODIO filosofar. Además, nos vamos a salir del tema... ¿De qué es tu sándwich? A mí me da igual que vayas o dejes de ir a tu bola, total, como dices, todo el mundo hace lo mismo. Hoy he decidido dejar de ir a Fuld hall, creo que tú eres también una fugitiva. Escapemos del guión que marcan las bolas del diapasón.
- Mi sándwich es vegetal, como siempre. Y no me vaciles. Primero me sacas el tema de manera “seria” y ahora… ¡venga ya! Que me voy, yo ya he acabado aquí, y encima no salgo por la puerta grande sino por la pequeña, y mucho. Tú puedes seguir aquí, de hecho, creo que debes.
- No, porque lo que me gusta es ir a mi bola, y no confundas con ir a mis bolas, aunque dada la forma de este mundo todo sea cuestión de bolas. Por cierto siempre hablo en serio. ¿Te vas? Pues vamos, como te dije quiero escaparme y creo que tú eres el barco que me llevará lejos, al menos con el que quiero marchar.
- No entiendes nada – Dijo Lucía a la vez que agachaba la cabeza, sin comprender porque él no terminaba de entender, o porque no quería. ¿No quería ver lo que había hecho?
- Me gusta la frase con que nos conocimos - empezó a decir Ian, ignorando las palabras de su Lucía, “su” porque estaba enamorado, “su” a pesar de todo-, todo el mundo va a su bola, dijiste viendo al mundo pasar ante ti, mezcla de indiferencia y rabia. Me gustaría conocer que te hizo el mundo, que hay escondido dentro de ti que entre lienzos y versos escribes de entre tus entrañas en las paredes del corazón. Grafitis de amor, odio, ¿qué? ¿Qué esconden tus silencios Lucía? ¿Qué escondes?
- ¡¿No ves que no escondo nada?! Lo tienes todo a la vista, pero no lo quieres ver. ¿Sabes a cuántos me he follado mientras lo hacía también contigo? Baja de la nube Ian, baja. Estoy harta de tu incredulidad, de que me veas como no soy. De que sigas soñándome en lugar de observarme.
- Te quiero - soltó sin pensar.
- Tú no me quieres, tú eres gilipollas.
- Te quiere un gilipollas.- Murmuró él mientras se llevaba entre sus dedos una lágrima que contenía todo lo que él sabía y no deseaba oír.
- ¿Ahora vas a llorar?, no me lo puedo creer… - Pero sí se lo creía, y algo la empezó a oprimir el pecho.
- Tú también tienes sentimientos, Lucía, tú también. Algún día los descubrirás y entonces, entonces… da igual. Todo da igual.
- No, no da igual. ¿Entonces, qué?
Ian no había podido contener esas dos palabras, te quiero, por más tiempo, sabía que era un amor imposible, lo supo desde el primer momento en que la vio. Era consciente de que el camino emprendido le llevaría hacia un destino que no sería otro que el dolor y aún así decidió vivir ese instante de “amor”... perdido. Esas horas en las que la tuvo entre sus sábanas, en que la pudo creer suya por unos instantes. Él se deleitaba con verla, con acariciarla, con oír su respiración; ella con cada sacudida, con cada cabalgada sobre él. Aquellas malditas dos palabras que pugnaban por salir de él en cada suspiro tomaban la forma de cada beso que sobre ella dejaba. Tan solo hubo un momento en el que el amor se abrió paso. Segundos, tal vez uno sólo, pero suficiente para sentir que todo lo anterior mereció la pena, ese cruce de miradas, el único instante en que sus ojos quedaron frente a frente las palabras quedaron al margen. En esa fracción de tiempo supo que moriría por ella; y ella, que no lo reconoce ni lo reconocerá jamás, sintió como su corazón le tiritaba.
- Déjalo, entonces quizá nada. Entonces quizá tienes razón. Vas a tu bola y punto, no miras a nada ni nadie. Yo no iba a ser menos, después de tantos años de… no sé de qué, no iba yo a sacarte de ello. – Ian se gira – Mejor me voy – pero sólo le da tiempo a dar un paso antes de que Lucía le agarre del brazo para detenerlo.
- ¡Espera! Yo…
-¡¿Qué?! Sé que me equivoqué en aquella mirada, que he vivido equivocado todo este tiempo, y sí, aun así mantenía la esperanza de que pudiera no ser un error. Que tus ojos dijeran aquella noche un te quiero. Antes me has llamado soñador, ¿verdad? Pues ya he despertado del todo y no pienso volver a soñar. Me voy.
Y le besó. Así, súbitamente, apenas le dejó terminar de hablar y le dio un tirón del brazo, que aún no había soltado, para acercarlo y darle un beso que en un principio se pudiera creer efusivo, pero no… no lo fue. Fue un beso de amor, un beso de cuento de hadas.
-Y ahora qué quieres, ¿follar? – Se apartó Ian tras darse cuenta de lo que estaba haciendo.
- No…, no quiero…
- ¿No? Pues yo sí – Sobre una media sonrisa le guiñó un ojo-. Venga, dilo…
Silencio.
- Te quiero, Ian...
Carlos y AnaB.DzSz.
Aplaudid o abuchead.
Más historias de una misma frase y diferentes autores en El CuentaCuentos Literaturaclick-> Ángel González
Beleita.
8月15日 shhh....Una vez me dijeron que pido amor a gritos,
yo prefiero pensar que cuando lo hago
lo hago a susurros...
shhhhhh........hhHHHhhhhHHhhhhhhhhh.....
Beleita
7月30日 Caótica Ana"Julio Médem regresa al género de ficción en su séptimo trabajo como director, un largometraje rodado en Madrid, Fuerteventura, Ibiza, Nueva York y Arizona [...], que cuenta la historia de una joven artista llamada Ana (Manuela Vallés). Justine (Charlotte Rampling), una mecenas cosmopolita, le invita a completar su formación en Madrid junto al grupo de artistas que protege. Será el comienzo de un viaje no sólo físico, que la llevará a descubrir nuevos continentes, vidas pasadas y mitos remotos. Ana intentará romper la cadena de violencia ancestral que asoma en las puertas que pinta, y al final de la aventura elegirá si se convierte en monstruo o princesa. [...]"
Cine2000 nº75/18 julio 2007
Que queréis que os diga, la sinopsis me ha recordado a mí. Sólo que yo pienso que no, que una no siempre puede elegir entre ser monstruo o princesa, son las circunstancias. Y yo, cuando quiero ser lo uno casi siempre resulto ser lo otro.
Beleita
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